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3. El horizonte y las cuentas de los días
 
 
   
 
 

3. El horizonte y las cuentas de los días

Los rumbos obedecían a una relación dinámica del paisaje con el cosmos y eran ubicados a través de la silueta del curso aparente del Sol sobre el horizonte (tanto al oriente como al poniente, Fig. 3), que veremos a detalle en próxima publicación. 




Sin embargo, es precisamente esta figuración, este seguimiento de la ruta aparente del Sol durante el año y en ciertos momentos específicos, lo que establece y da paso al concepto constitutivo del tiempo/cosmos del Anáhuac: la dimensión del cosmos, ilhuicatl, ligada intrínsecamente con la madre tierra, donde nos movemos (tlalticpac).

En esta relación, la observación del Sol no es exclusiva pero sí determinante en el conjunto de conocimientos obtenidos, pues la comprensión de su dinámica era esencial. Esto debió de ser un hito que permitió y consolidó un orden necesario para que nuestros pueblos originarios determinaran sus asentamientos y la edificación de sus ciudades.

Al observar hacia el oriente, al amanecer, sabían de la ocurrencia de solsticios, equinoccios y pasos cenitales, así como del inquietante ciclo de Venus matutino. Hacia el poniente, al atardecer, sabían de Venus y su relación con los periodos de lluvia. Al norte, girando sobre la polar, en sentido contrario a las manecillas del reloj, se encontraba la constelación Xonecuilli (“Pie torcido”) u Osa Menor. Y qué decir de la Luna, ligada a los comportamientos de fertilidad, procreación y germinación; sin olvidar la observación de Mercurio, apenas mencionado pero siempre presente, como eje cronométrico. No obstante, era más que una observación obsesiva del cielo y del cosmos: era el registro de estos acontecimientos astronómicos y de la relación que establecían entre sí, con los ciclos de la naturaleza y con el proceder humano.

 
   
   
 
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