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¡Compañeros compórtense como universitarios!
 
 
Pedro José Bravo Martínez
 
 

En 1976 la facultad de ingeniería de la UNAM vivió momentos intensos de reflexión y discusión sobre sus funciones sustantivas, estructura y contenidos académicos así como de sus prácticas pedagógicas. Conflicto que derivó en una huelga que duró más de un mes con el triunfo casi total del movimiento.

A fines de junio de 1976, después de un mágico y maravilloso viaje a Vancouver BBC[1] me reincorporé a clases, habían pasado los aciagos días del Anexo* y las asignaturas ya las tomábamos en el edificio principal. Era indescriptible la sensación de estar en esas instalaciones con la idea de próximamente ser ingenieros y sobre todo, asistir a las cátedras que nos empezaban a distinguir en cada rama de la ingeniería; ingeniería civil en mi caso.

Recuerdo con mucha emoción y cierta nostalgia las clases de computación, sistemas, construcción, estructuras y principalmente las optativas entre las que destacaron las de Problemas políticos y sociales y económicos de México, Método científico y Matemáticas avanzadas ofrecida por un maravilloso viejo alemán, alumno de Max Karl Ernst Ludwig Planck[2] y que como regalo de fin de cursos nos obsequió la demostración de lo que se conoce como la constante de Planck. En este curso conocí a dos excepcionales condiscípulos, ambos de origen francés, Luís y Roberto, apasionados de las matemáticas y que con Felipe, hermano de Roberto estudiante de física en la facultad de ciencias, pasábamos horas enteras resolviendo las mil y una integrales que nos dejaban de tarea.

Roberto era un devoto de la fotografía, de hecho completaba sus ingresos personales con algunos trabajos que por ahí le salían, fiestas de quince años, bodas, reuniones familiares, conferencias, actividades a las que de vez en cuando me invitaba y le echaba la mano con alguna de sus cámaras o en el trabajo de laboratorio en el que pasábamos horas y horas revelando, imprimiendo, experimentando con líquidos, grados más, grados menos, mayores o menores proporciones de tal o cual sustancia o tiempos de exposición. Por su parte, Luís era un apasionado de la música clásica y de vez en diario íbamos a su casa, vivía en “Las Lomas” y su familia se dedicaba al negocio de los elevadores OTIS. Tenía un espléndido equipo de sonido que ocupaba buena parte de nuestro tiempo analizando donde estaba Scarlatti en Brahms y donde Brahms en Beethoven, o los conciertos de Brandeburgo de Bach interpretado como música electrónica por Tomita, o la música programática de Prokofiev como Pedro y el Lobo, o a Respighi imaginando las marchas de las legiones romanas entrando a Roma entre calzadas vestidas de pinos, o la activa contemplación impresionista de Le Mar, o Prélude à l'après-midi d'un faune, o Claire de lune de Clude Achille Debussy y por supuesto Chopin. Desde los tiempos del Anexo de ingeniería (1974) llegamos a formar un grupo más o menos compacto de compañeros adictos a las matemáticas, a la fotografía, a la música y al teatro lo que nos llevó en 1975 al III Festival Internacional Cervantino y vivir en Guanajuato, entre tiendas de campaña instaladas en algún espacio verde de la ciudad, una muy grata experiencia de convivencia con estudiantes y grupos culturales de todas partes del país y además el goce de excelentes representaciones teatrales como el Hamlet interpretado por una compañía checoeslovaca donde la escenografía en el que transcurría el drama, se remitía a una red de pescadores guindada del techo semejando la representación del castillo y la caracterización de los personajes por máscaras que intercambiaban los actores dependiendo del papel que les tocara jugar.

Este gusto por las artes venía de tiempo atrás, en 1970 por un conflicto con el MURO tuve que permutar de la Preparatoria 9 a la Preparatoria 4, de Insurgentes Norte a Observatorio y aunque el motivo del cambio no fue menor había una estímulo más, en Preparatoria 4 se encontraba Alma P quien fue mi numen por años, estudiante de piano y amante de Chopin (no me importaba) y que cuando la visitaba me pasaba horas sentadito calladamente en uno de los muebles de su estudio mientras practicaba, no había quien lo interpretara como ella ¡ah el amor!

Por tanto, entré a clases de piano, abandoné un poco el rock y los domingos me gustaba asistir con ella a los conciertos que daba Enrique Batiz con su recién formada (en aquel entonces) Orquesta Sinfónica del Estado de México en el Alcázar del Castillo de Chapultepec; iba acompañada con su mamá y sus hermanos que eran como diez. Ella asistía “casualmente” con el mismo maestro de piano que yo y quien además daba clases en un centro cultural que patrocinaba la primera hermana de López Portillo, Doña Margarita, en el que eran frecuentes recitales y conferencias que organizaban para los estudiantes del propio centro cultural. Una tarde de clases platicando con el maestro me propuso que diera una plática sobre el músico que más me gustara, acepté y le planteé que fuese Debussy, estuvo de acuerdo y aunque para ese entonces ya gozaba de novia, una hermosa mujer de ascendencia árabe, era la posibilidad de llamar la atención de Alma P.

Denodadamente inicié la preparación del tema y sin darme cuenta me involucré en una aventura intelectual de lo más interesante. Debussy es lo más representativo de la idea musical que se circunscribe en el impresionismo, corriente estética que se origina en el ambiente pictórico francés, parisino fundamentalmente, a mediados del XIX, el cual es concebido a partir de los descubrimientos en la física óptica de Newton (con la polémica oposición de Goethe expuesta en su obra Teoría de los colores) y retomados posteriormente por Chevreul, químico francés y director de una fábrica de Gobelinos que durante su búsqueda por mejorar los tintes en la producción de fibras para sus tapices, descubrió una serie de leyes ópticas, referentes a los elementos transformadores del contraste de colores, sintetizando a la vez los conocimientos anteriores sobre este tema y publicados en su obra Sobre la Ley del Contraste Simultáneo de los Colores[3].

Durante esta época surgieron nuevas ideas y nuevos puntos de vista desde diferentes perspectivas de la ciencia como la del fisiólogo y físico alemán, Hermann Ludwig von Helmholtz, interesado en el campo de los sentidos del hombre y expuestas en su obra La óptica y la pintura. Así, los impresionistas pretendían traducir subjetivamente todo lo que veían al lenguaje del color, influenciados por las sugerencias de Goethe, como también, en cierto grado, por los conceptos de Chevreul y de Helmholtz. La luz y el color les parecían la misma cosa.

Pero el impresionismo no solo es una síntesis de arte y ciencia, si no también es la búsqueda por una representación del mundo espontánea y directa reproduciendo la percepción visual del autor en un momento determinado, la luz y el color real que emana de la naturaleza en el instante en el que el artista lo contempla en contra de cánones y fórmulas artísticas de su tiempo impuestas por la Academia Francesa de Bellas Artes (que mantenía el control patrocinando las exposiciones oficiales en el Salón parisino) que  pretendía que las obras pictóricas captaran la exacta representación de las formas. Así, el impresionismo surge en su técnica y temáticas con un espíritu revolucionario, seguramente emanado de la convulsionada sociedad francesa de aquel entonces, antimonárquica y comunera, pero sobre todo, el impresionismo abre la perspectiva de que el espectador participe formalmente con su subjetividad en la contemplación de la obra, lo cual permite que otras disciplinas artísticas se sumen a esta corriente estética como la literatura con Mallarme, en la escultura con Rodin y en la música con Ravel y fundamentalmente Debussy.

Total, que el día de la plática expuse el tema con tres carruseles de diapositivas y otro tanto en cajas con imágenes de la obra de Manet, Monet, Degas, Renoir, Cezanne, Rodin. Ahí estaban todos, padres, madres, hermanos, amigos, maestros, alumnos y uno que otro “invitado” que prácticamente solo iban a los bocadillos que se ofrecían en el convivium gracias a la generosidad de Doña Margarita. Unos meses después la plática se replicó con éxito en el auditorio de la Sala Chopin. En la sección cultural del Excelsior, se anunciaba que la conferencia sobre Debussy sería impartida por el Dr. en musicología Pedro Bravo Martínez (nada más, ni nada menos jajajaja).

En aquel entonces (1970) vivíamos en la colonia Electra, enfrente del fraccionamiento Santa Mónica, antes de Arboledas, allá por Tlalnepantla en lo que fue Viverolandia, un parque de diversiones que adquirió Francisco Pérez Ríos (líder histórico del SUTERM) junto con algunas hectáreas que fraccionó para casas de trabajadores de CFE. Mi padre, por motivos de trabajo, pues en aquel entonces era superintendente de la central termoeléctrica Valle de México, conocía a Pérez Ríos, a Don Paco (como se referían a él todos los trabajadores) quien le ofreció llaves en mano, una casa la cual pagó puntualmente descontada vía nómina de sus catorcenas.

En la colonia vivían turbineros, soldadores, almacenistas, pilotos aeronáuticos, mecánicos, burócratas, funcionarios, ingenieros, doctores y licenciados, todos de CFE. Las casas se adquirían con 300 metros cuadrados por predio, con oportunidad de adquirir el traspatio que eran otros 300 metros cuadrados. Muchos no lo hicieron, entre ellos mi padre, por lo tanto poco más del 50% de los lotes quedaron en manos de Jorge Larrea, un pillo que defraudó a cientos de colonos en el estado de México y que salió huyendo con millones de pesos para refugiarse en España. El acceso al centro de diversiones estaba restringido para uso exclusivo de los trabajadores y sus familias. Contaba con alberca, centro de reuniones, cafetería, canchas de tenis, salones de usos múltiples con juegos de salón con mesas de ping-pong, cartas, billar, también alberca, instalaciones hípicas, cine y áreas verdes que siempre estaban muy bien cuidadas.

Eran los tiempos del corporativismo en pleno y todas sus consecuencias; un modo de gobernar que no permitía la libertad sindical so pena de aplicar la cláusula de exclusión y el despido inmediato; de un partido que a su vez, tenía el control sobre los sindicatos, las cámaras de comercio, de la construcción, de la industria, de la radio y la televisión, de organizaciones campesinas, indígenas y que hasta en el Opus Dei estaban metidos. Tiempos del control total de la vida política, cultural, cotidiana del país y que no obstante, a pesar de todo este control ejercido autoritariamente por los cuerpos represivos sumamente efectivos como la temida Federal de Seguridad, “creada por Miguel Alemán a principios de 1947”[4] y comandada, moldeada por Fernando Gutiérrez Barrios desde 1964 hasta que fue subsecretario de gobernación en 1976, mucha gente noble, trabajadora, incorruptible, se entregó a su labor por un ideal de estado nacionalista y benefactor. Por otro lado, la oferta de trabajo en todos los ámbitos y esferas era amplia, así que era difícil sustraerse al encanto del modo de vida mexicano que con el ingrediente televisa lo convertía en el Mexican Way of Life.

Así fue hasta el año de 1976 en el que varios sucesos importantísimos ocurrieron marcando la vida política nacional y nuevos horizontes y derroteros a mi vida. Para empezar, desde principios de ese año los electricistas encabezan grandes movilizaciones por todo el país bajo la bandera de La Tendencia Democrática que, en 1975 “proclamó La Declaración de Guadalajara, un proyecto de amplio aliento que proponía desde la democracia y la independencia sindicales hasta la reorientación de la economía con un sentido popular. Para Rafael Galván la democracia sin ideas estaba incompleta. Democracia es programa, solía decir[5]. En julio de 1976 Rafael Galván y los trabajadores intentan estallar una huelga nacional, acción que de alguna manera rezumbó como cascabel en el ambiente estudiantil de la época, pero sobre todo, marcaba un hito en la vida política del país pues desde las mismas entrañas del monstruo grande y feo que era el sindicalismo oficial surgió un disidencia poderosa, fuerte y programática que retaba al aparato del estado, hecho importante y significativo para la construcción del imaginario colectivo de la época.

Ese mismo año Valentín Campa Salazar, viejo militante de la izquierda mexicana, dirigente ferrocarrilero que pasó la mayor parte de su vida encarcelado por sus posturas políticas, fue postulado como candidato sin registro por el Partido Comunista después de rijosas discusiones al interior del mismo partido así como con otras fuerzas políticas en relación a la apertura o no a la lucha electoral. “EL 27 de junio de 1976 culminó la gira de Campa en un acto en la Arena México, en la capital de la República, donde asistieron entre 20 mil y 22 mil personas”[6] fuerza que lograra poco más del medio millón de votos convirtiéndose en uno más de los vectores que abrieron paso a la reforma electoral de 1977. Una nueva etapa daba inicio en la vida política del país y con ella muchos jóvenes se sumaban en la lucha por la democracia desde diferentes ámbitos y perspectivas, como sucedió en la facultad de ingeniería de la UNAM ese año de 1976.

Después de fuertes enfrentamientos con los porros de la misma facultad (el Camacho, el Guiligan, el Poca-Madre, el Tuercas, etc...)  por ahí de mayo,  el estudiantado logró expulsarlos en medio de un ambiente festivo aunque violento, de eso me enteré a mi regreso e incorporación a clases en una asamblea en la que estudiantes de la Federación de Estudiantes de Ingeniería, y que hoy calificaría como de derecha, tal vez de la extrema, acusaban a un grupo de compañeros de que en la revuelta con los pobrecitos porros portaban armas. Si bien ya se había dado el proceso de ahuyentar al porrismo, quedaba pendiente el rumbo y control de la fuerza social que se había originado, era lo que realmente estaba en juego. Los acusados eran Ramón Brena, el Muerto, Pedro el Bueno, el Tabasco, el Sonora, el Jarocho, el Oaxaco, el Cartucho, el Budweiser, el Kohoutec, el Millo, el Mesita, el Hilario y otros más. Ramón Brena era consejero alumno de la facultad, alto como de 1.95 mtr, blanco de cejas pobladas como si fueran azotadores aunque acusaba ya calvicie, medio bembón, con lentes de fondo de botella, al caminar casi flotaba y de hablar amable y pausado, pero preciso y certero aunque a veces daba unos giros medio espinosos como el que suscitó ese día en la asamblea.

El auditorio estaba atestado y el ambiente se podía cortar a machetazos, por un lado los de la Federación o conejos como les llamaban apoyados por algunas autoridades que se hicieron presentes y que eran sus aliados y por otro Ramón y todos los que mencioné arriba, no juntos sino distribuidos por todo el local y ante la precisa acusación de que iban armados, Ramón pidió la palabra, al concedérsela se paró, miro entorno suyo esforzando la vista, como tratando de identificar donde estaba porque no traía puestos sus lentes y dijo en voz alta que retumbó por todo el auditorio ¡Si! ¡Si estábamos armados! Enseguida un murmullo se difuminó por cada una de las butacas y el Muerto, el Tabasco y Pedro el bueno, quienes eran los que identifiqué en ese momento, pelaron los ojos del tamaño de una manzana reclamando con la vista a Ramón pues tal afirmación era la posibilidad de ser expulsados de la universidad. Ramón tomó un respiro y volvió a exclamar ¡si estábamos armados, pero con las armas de la razón! El rostro del Muerto, Pedro y el Tabasco se transfiguró en una carcajada junto con la de todo el auditorio.

Los conejos fueron derrotados una y otra vez en cada asamblea, fueron perdiendo su tradicional espacio y el movimiento tomó un cariz, un rumbo inesperado, incluso para quienes nos unimos al proceso ese día de la asamblea. Las discusiones fueron trasladándose al ámbito del cuestionamiento académico, del contenido de las materias, de la estructura de los planes de estudio, de la seriación, de la manera en que los maestros enseñaban y del proceder de las autoridades, mismas quienes asistieron a las primeras asambleas pensando que se impondrían y harían abortar el movimiento que se estaba conformando.

Una condición importante que sirvió como elemento para constituir el caldo de cultivo de este movimiento es considerar que, la educación superior en esos momentos pasaba por uno de sus periodos más álgidos de masificación de la matrícula de la educación superior generando fenómenos escolares hasta cierto punto no explorados, por ejemplo podemos citar que para aquel entonces el 25% del estudiantado que asistía a la facultad de ingeniería trabaja para sostener sus estudios, que cerca del 32% provenía de provincia lo cual implicaba diferencias de niveles en los conocimientos básicos requeridos para el área, así como prácticas y condiciones de estudio equidistantes que hacían aparecer su incorporación a la universidad como parte de un discurso meramente demagógico, idea que se reforzaba con la falta de infraestructura en bibliotecas, laboratorios, prácticas, materiales, así como la ausencia de muchos maestros o falta de interés de estos en su superación práctico – pedagógica o en la renovación del contenido de sus cursos.

Todo esto fue generando argumentos de descontento cada vez más radicalizados, incluso por ahí se mencionaron las tesis sostenidas por “los enfermos (1973)” de la Universidad Autónoma de Sinaloa en las que, grosso modo, consideraban las universidades como fábricas y los estudiantes obreros, también algunos otros se refugiaron en las tesis de Ivan Illich (1926- 2002) en las que el autor denuncia la educación institucionalizada y la institución escolar como productoras de mercancías con un determinado valor de cambio en la sociedad, donde se benefician más quienes ya disponen de un capital cultural inicial. Por otro lado, la facultad de Ingeniería era coto de grupos de poder como Ingenieros Civiles Asociados (ICA) de Bernardo Quintana Arrioja, la familia Alanís con Constructora General del Norte hoy TRIBASA y perseguidos por la justicia, gente misma de PEMEX y CFE, enquistados en los niveles directivos de la facultad estableciendo planes y programas de estudio que más bien parecían solicitudes de empleo para las respectivas corporaciones dejando poco espacio para la formación en la investigación o la heurística, esenciales en la formación lógica de un ingeniero.

Estas interminables discusiones en gigantescas asambleas fueron la base para conformar el cuerpo de demandas del movimiento y entre las que recuerdo como principales “el no a la seriación de materias” estableciendo un sistema de créditos que permitiera a los alumnos navegar por el plan de estudios según sus necesidades, “los cursos de regularización en los niveles básicos” fundamentalmente para la gente de provincia con el objetivo de remediar las diferencias y deficiencias que existían en los programas de bachillerato, “horario de clases más flexible” con la intención de favorecer a los alumnos que trabajaban y un enorme listado de carencias a subsanar en laboratorios, así como mayores recursos para los viajes de prácticas y la exigencia de más maestros de tiempo completo con la idea de profesionalizar la enseñanza.

La asamblea hizo que las autoridades fuesen al auditorio a discutir estas demandas cuya mesa directiva se cambiaba en cada reunión como estrategia para no ser identificados y como aprendizaje democrático, no había cabecillas, éramos todos. Finalmente las autoridades intransigieron, la asamblea igual y después de eternas reuniones, dimos inició a una huelga que duró cerca de dos meses en las que a la segunda o tercera semana de inactividades se inauguraron las clases extramuros (quién no, si los ingenieros) en las instalaciones del Colegio de Ingenieros Civiles, allá por Camino Santa Teresa en Tlalpan. Y hasta allá fuimos para hablar con los compañeros a pesar de amenazas de expulsión del propio director Enrique del Valle Calderón y del subdirector Luzbel Napoleón Solórzano Zenteno. Logramos convencer a los compañeros que suspendieran clases, así fue y de alguna manera se convirtió en el tiro de gracia a la intransigencia pues días después se iniciaron las negociaciones.

Recuerdo a los ingenieros Gerardo Ferrando Bravo y Mario Moreno negociando en el salón que escogimos como centro de operaciones para las brigadas y las cuales interrumpían con sus informes cuando se ponían duros los enviados de rectoría, de Soberón ¡brigada 125 reportándose con $300 de boteo! ¡brigada 87 reportándose con $100 de boteo! y en realidad sólo éramos no más de 15 brigadas.

Hubo momentos peligrosos, una de esas noches en la que únicamente estábamos cerca de 8 compañeros resguardando las instalaciones, en el edificio principal, llegaron 3 combies “retepletas” (diría lúdicamente Peña, finado amigo) de porros dispuestos a desalojarnos. Enseguida se activó el dispositivo de seguridad que teníamos montado con bombas molotov y piedras dispuestas en los techos de los edificios, el Sonora con sus fan’s (2 compañeros más) eran los encargados de ejecutar la defensa armada la cual afortunadamente no se realizó. En medio de la oscuridad pude distinguir una silueta que se me hizo familiar, la extrema delgadez de Cedillo, el mismo que se enfrentó al MURO en preparatoria 9 cuando destituimos al presidente de la sociedad de alumnos, bajaba de una de las combies, inmediatamente me apresuré a su paso y dialogamos, más bien me interrogó ¿quién está detrás del movimiento? ¿era el Partido Comunista? ¿la Liga 23 de septiembre? Por supuesto negué cada una de las preguntas con toda tranquilidad porque simple y llanamente era la verdad, fue un movimiento estudiantil con demandas estrictamente académicas. A los 5 minutos el peligro había desaparecido y pudimos, más o menos, estar tranquilos. Finalmente, las autoridades concedieron prácticamente todas las demandas a excepción de una, a lo cual aun no encuentro explicación y se refiere a la petición de que los alumnos pudieran mantener el grupo con el que habían iniciado la carrera.

La huelga se levantó e iniciamos un nuevo periodo en la facultad como Consejo Estudiantil Provisional con el que impulsamos una serie de eventos interesantes. En 1977 celebramos la semana de información política en el que todos los partidos o asociaciones políticas instalaron estantes en los pasillos del corredor principal de la facultad, se dieron conferencias y hubo conciertos como al que asistió “La Nopalera” grupo compuesto en aquel entonces por Marú Enriquez, Cecilia Toussaint, Arturo Cipriano y Javier Izquierdo, recuerdo esto porque la presencia de Marú y Cecilia desencadenaron los más bajos instintos de toda la horda ingenieril, en aquel entonces la facultad era una especie de “la isla de los hombres solos” donde las mujeres eran escasas, así que al ingreso a la facultad, previo al concierto, fueron acosadas a silbido y aullido tendido, en una especie de planeta de los simios en plena acción, por supuesto no había problema, ahí estábamos para defenderlas a capa y espada, jajaja exagero porque fue suficiente un ¡Compañeros compórtense como universitarios!

La proximidad de la Reforma electoral en 1977 hizo entrar en discusiones al CEP con la clara intención de un sector de mantenerse alejado de las luchas políticas del momento, otro optó por profundizar su participación. Así fue que llegamos varios compañeros a una reunión de la formación del Movimiento de Estudiantes Socialistas (MES) en la que tuve oportunidad de conocer a un maravilloso grupo de jóvenes que abrieron la perspectiva de mi participación en la política hasta mi ingreso al PCM, pero eso es otra historia.

 

                                                                  

 

 

 

 
   
   
 
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